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El 9 de junio de 2008 contrajeron matrimonio y sólo unos días después comenzaron su peculiar viaje de luna de miel. Los franceses Edouard y Mathilde Cortés dejaron el dinero, las tarjetas de crédito, la comida y el teléfono móvil en su casa de París y partieron con lo puesto dirección a Jerusalén. Antes de iniciar su viaje, y como ya informó en agosto este diario, la pareja deseaba ofrecer su largo caminar por la paz en Oriente Medio y la unidad de los cristianos, pero también para tener «una experiencia de abandono total y confianza en Dios». «Necesitamos ver que el Señor se ocupará cada día de alimentarnos y alojarnos», decían entonces.
Ahora que ya han llegado a su destino y están de regreso a casa, aseguran que su experiencia no les ha defraudado. Dicen haber pasado hambre en estos meses, pero se quedan con lo bueno: «Hemos vivido con poco y no nos ha faltado nada». «Hemos querido despojarnos del exceso material en el que vivimos. Incluso de nuestra cuenta bancaria. Hemos elegido abandonarnos totalmente en las manos de los hombres y de Dios para ensanchar nuestro corazón. Nos hemos convertido en pobres porque esperábamos todo de los demás». Y los demás respondieron. Durmieron hasta 103 noches en casas de personas que decidieron acogerlos gratuitamente y comieron unas 250 veces con familias, explican en una entrevista concedida a Zenit.
Sin embargo, la tentación de abandonar y dar media vuelta pasó muchas veces por sus cabezas. «Los momentos de desánimo vinieron sistemáticamente tras un golpe duro: discusiones de pareja, rechazos, una agresión en Turquía, la nieve o la lluvia incesante, presiones psicológicas de los servicios de información sirios, tiro de piedras e insultos de niños en Oriente Próximo, la expulsión dos veces de los aduaneros israelíes...», recuerdan. Uno de los peores momentos fue precisamente el que vivieron en Siria. «Fuimos sospechosos para los servicios de información, nos tomaron por lo que no éramos, nos seguían permanentemente, fuimos interrogados todos los días, estuvimos de hecho en semilibertad y al borde de la paranoia».
Vivir de la caridad
Mendigaban cada día para conseguir comida y un sitio para dormir, pero aseguran que para ellos lo más duro «no ha sido tener hambre o frío sino ser rechazados». Y a pesar de que lo fueron en muchas ocasiones -incluso por un sacerdote croata que los mandó lejos de su iglesia-, son muchas las lecciones que dicen haber aprendido: «Durante siete meses y medio, hemos llevado las mismas ropas, comido lo que se nos daba, bebido con la misma sed agua, alcohol, café, té. Como los metrónomos de la ruta, hemos vivido al tic tac del corazón, dejando la prisa y el tiempo para aquellos para los que la vida es una carrera». Añaden que «raramente el desánimo nos vino a los dos a la vez. Siempre estaba uno para apoyar al otro. Y cuando hemos flaqueado juntos, Él estaba allí para apoyar a nuestra pareja».
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