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Además del de Juan Pablo II, uno de los retratos que con más orgullo exhiben los católicos italianos en sus casas es el de un monje capuchino de larga y blanca barba. Se trata de San Pío de Pietralcina, conocido por todos como Padre Pío. Celebérrimo en vida por los estigmas en pies y manos -que cubría con unos mitones de lana-, por la pasión con que celebraba la Eucaristía y la devoción con que administraba la penitencia (llegó a pasar más de doce horas seguidas en el confesionario), por su inmesa labor social al crear un hospital para pobres, e, incluso, por los testimonios de quienes, decían haberle visto mientras él estaba en su convento, a miles de kilómetros, apoyándoles en momentos difíciles, la muerte del Padre Pío en 1968 fue ya un acontecimiento que conmocionó a toda Italia y un fervor que llevó a más de medio millón de personas a la plaza de San Pedro en 2002, cuando Juan Pablo II lo proclamó santo.
Ahora, cuando se van a cumplir los cuarenta años de su muerte, de nuevo los italianos miran hacia San Giovanni Rotondo, la pequeña localidad donde se encuentra el convento en el que vivió la mayor parte de su vida. Hace unos meses su cuerpo fue desenterrado y, desde el jueves, se encuentra expuesto a los fieles. El primer día, al menos 15.000 personas se arremolinaron en la iglesia de Santa María de las Gracias y en sus alrededores para ver el cuerpo del santo y participar en la misa que presidió el cardenal José Saraiva, prefecto de la Congregación para las Causas de los Santos. Ayer, de nuevo más de 10.000 fieles peregrinaron hasta el lugar, a los que seguirán en los próximos meses más de 800.000 que ya han reservado día para orar ante las reliquias del Padre Pío, expuestas hasta el 23 de septiembre, el día en que murió.
El jueves, la misa que presidió el cardenal Saraiva, en la que calificó al capuchino de «santo de la gente», fue un evento que atrajo la atención de la Prensa internacional. Incluso entre los medios acreditados destacaba la presencia del canal de televisión qatarí «Al Jazeera», el más influyente en el mundo árabe. En internet, el santo también fue objeto de una devoción desaforada ya que, según los organizadores, 45.000 personas habían visto ya la misa en la página You Tube poco después de que finalizara.
El prefecto de la Congregación para las Causas de los Santos recordó que el Padre Pío «no es sólo un cadáver». Debido a que durante su existencia mantuvo una «plena unión con Jesús», ahora vive «en comunión con Jesucristo resucitado». «Es un apóstol de nuestro tiempo», afirmó el cardenal.
Entre los presentes en el primer día de exhibición pública del cuerpo del Padre Pío había una mayoría de italianos, aunque también se podía encontrar a extranjeros llegados desde lugares tan lejanos como Sri Lanka o Filipinas. Muchos de los que viajaron a San Giovanni Rotondo acudían con un profundo sentimiento de gratitud, según decían, por las peticiones de ayuda que el Padre Pío ha escuchado y satisfecho. Todos se quedaron impresionados por la máscara de silicona que cubría el rostro del santo, exquisitamente respetuosa con los rasgos que tuvo en vida.
Los capuchinos tuvieron que encargar esta máscara porque cuando exhumaron el cuerpo, a principios del marzo, comprobaron que se habría producido la descomposición parcial de la cabeza, aunque todavía eran visibles el pelo y la barba. El cuerpo de Padre Pío, vestido con un hábito capuchino realizado por las monjas de clausura del convento de Santa María de las Gracias, se puede contemplar en una urna de cristal.
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